Podría responder ¿y por qué no?, pero como la pregunta da para mucho y es un asunto de mi agrado, la respuesta da para mucho más. A mí me gusta el vino. Me gusta el vino tinto, el vino rosado, el vino blanco, el vino dulce y también el vino espumoso. Dentro de cada uno de estos estilos hay muchos vinos que me gustan y muchos vinos que no me gustan, como a casi todo el mundo, porque no soy un integrista del vino. Una zona o denominación de origen puede gustarme mucho pero eso no hace que deban gustarme todos los vinos que se elaboran en ella. Y lo contrario también me ocurre. Puede que habitualmente no pida vinos de una zona en concreto, pero eso no impide que haya vinos que me gusten en la misma.

Los vinos blancos, en general, tienden a aburrirme un poco. Llevarme a la nariz un vino blanco y que lo primero que te encuentres sean aromas de frutas tropicales, independientemente de la variedad o la zona de origen, es algo que no va conmigo. Me pasa mucho, la verdad, e intento huir de ese perfil de vino. Me gusta que el vino me diga algo, me transmita algo, y que lo máximo que pueda ofrecerme es que sea un vino fresco, con aromas a fruta tropical y una buena acidez no es lo que me hace llamar a casa diciendo que he encontrado un gran vino. Por estas razones, me agrada más disfrutar de un vino blanco que ha pasado por barrica, aunque haya sido por un corto periodo de tiempo. Que tenga una cierta crianza de algún tipo. Me parece un vino más divertido para catar y beber, y sobre todo disfrutar. Quizá sea porque en el caso de los vinos tintos me gusta que tengan cuerpo y ese paso por madera da al blanco algo más de estructura que no encuentras en el vino joven elaborado en acero inoxidable.

El paso por la madera, arcilla o ánfora marca una continuidad en la evolución del vino y si además añadimos más tiempo en contacto con las pieles, durante la fermentación, llegamos a los vinos naranja. ¿Qué caracteriza a estos vinos? El contacto con las pieles es lo que los define. Si en un vino rosado este contacto puede llegar hasta las 6 horas, en los vinos naranja puede ser 4, 10 ó 20 días, y en casos extremos hasta 2, 6 o incluso 14 meses. Se trata de que el mosto adquiera un color más profundo, desde un dorado intenso hasta unos tonos entre ámbar y naranja. También que adquiera una carga tánica mayor, que sólo se encuentra en vinos tintos y nunca en blancos, lo que les confiere una boca muy peculiar, ya vengan de ánfora o de barrica.

Los vinos naranjas u orange wines son por lo tanto vinos muy diferentes y muy especiales, casi creando su propia categoría, no quedándose sólo en vinos blancos macerados con sus pieles. Si lo pensamos con amplitud de miras, a lo mejor no es un nuevo estilo de vino blanco sino un nuevo estilo de vino tinto. Al fin y al cabo, en muchas ocasiones están más cerca de un tinto que de un blanco. Para muchos aficionados y profesionales del vino, los vinos naranjas no son más que un invento chungo. Son vinos en los que la variedad, su tipicidad, su terroir y su procedencia están tapados por la elaboración. Son vinos extremos, hechos por extremistas que buscan lo natural, lo biodinámico y quizá tapar defectos en la elaboración del vino. Extremistas que dejan los posos en el vino, que no filtran, estabilizan o clarifican y venden lo que parece un cóctel turbio.

Como en todo, no hay que exagerar. No soy un fundamentalista de los vinos naranja. Me gusta mucho que estén equilibrados, que sean finos y elegantes. ¿Es esto una contradicción? Puede ser, pero he probado algunos vinos naranjas elaborados con 24 días de contacto con las pieles, filtrado, sin posos y con un aspecto limpio, que tenían un increíble tono dorado y un equilibrio en boca que pocas veces he encontrado en un vino blanco. Por suerte, vivimos en la actualidad un resurgimiento de este estilo de elaboración y gracias a ello podemos encontrar grandes vinos naranja producidos en España, Austria, Italia, Eslovenia, Croacia, Alemania o Francia, entre otros países, y con casi todas las variedades autóctonas de las diferentes zonas de elaboración. Podemos probarlos, y podrán gustarnos o no, pero teniendo en cuenta los millones de botellas de vino que se hacen al año en todo el mundo, a partir de tantas variedades y estilos diferentes, ¿por qué íbamos a tener que limitarnos a beber siempre el mismo vino de la misma bodega?

Ahí está la gracia.

 

El autor de este artículo es Aitor Trabado, gran aficionado al vino y editor de las webs www.orangewines.es y www.miamigoelvino.com. Además podéis seguir sus publicaciones en Facebook y Twitter.